ENVEJECER, SER VIEJO Y UNA CHISPA

Envejecer es una gaita. Pero una gaita escocesa que, según Les Luthiers, es lo más muermo del mundo.

De todos modos, eso que se suele llamar envejecer: pérdida del atractivo sexual, síntomas corporales por todos lados, la sensación de que cuanto más sabes vivir, menos tiempo te queda para hacerlo… no es nada comparado con lo malo que debe ser el ser viejo.

Ser viejo de verdad, es además no poder hacer nada que te distraiga porque no puedes leer, ni coser, ni navegar por internet, dependes de los demás para moverte y porque la gente con la que podrías pasar un buen rato no tiene ganas de pasar ese rato contigo que, cuando hablas, es para repetirte.

Hace años, una vieja amiga de la familia (94 años), me comentaba que quería ir a una psicóloga. Ella a los 70 había ido a la Universidad por primera vez en su vida, había terminado su carrera con 75 y seguía leyendo, acudiendo a conciertos y reuniendo a su familia por Navidad y en verano. Pero a los 94, con sus capacidades muy mermadas, sentía una tristeza desconocida y pensaba que una psicóloga iba a poder ayudarla. ¿Cuál era su problema? Ella lo decía así: “¡Es que no me veo futuro!”. Ese “no me veo” me tocó la fibra; no es que ella pensara que no lo tenía, sino que no se lo veía y pensaba que un profesional podría ayudarla a “vérselo” como si, a partir de ese momento, ¡ya no importara tener 94 años!

La queja de esta señora tenía miga, ya que nos hablaba de un pequeño concepto que, según nos parece, es un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad (¡una idea para la UNESCO!) y que los psicoanalistas llaman “objeto a”. Es el resultado de un montón de operaciones mentales que suponen la aceptación previa de que no lo podemos todo, que si conseguimos algo nunca será inmediato y siempre será insuficiente, que a veces se gana y a veces se pierde, que los demás no son propiedad nuestra sino dueños de sus vidas, que nuestra opinión no es lo mismo que un saber, ni mucho menos ninguna verdad objetiva… en fin, ya saben a qué me refiero. Bueno, pues resultado de operaciones como ésas, aparece en nuestra mente algo así como un espacio vacío que es lo que llamamos “objeto a” (fíjense qué paradoja llamarlo objeto y al mismo tiempo decir que es un espacio vacío). El “objeto a” es un motor, una causa de deseo que nos empuja a buscar algo que nos permita obturar ese vacío; luego el secreto estará en no pretender llenarlo sino en aceptar la dosis que nos ponga alegres sin querer ir más allá (lo contrario de lo que ahora nos propone el consumismo). Por eso nos empuja no hacia los placeres inmediatos, sino hacia la consecución de algo aplazado hacia un futuro más corto o más largo y, en ese camino, encontramos alegría que no felicidad.

Algunas personas que son bien sanas, vemos que están en general contentas, que tienen objetivos, proyectos, que emprenden cosas y que los problemas de la vida sólo los dejan más o menos retirados por un tiempo mientras duran los duelos, pero vuelven a la carga con energía.

Nuestra amiga tenía razón. Cuando ya no te mueves por ti mismo y se te hace difícil hacer proyectos porque dependes de otros para realizarlos… ¿Qué te queda? Pues a esta persona le quedaba su fe en que alguien podía ayudarla a recuperar su impulso vital, señal de que había sido una persona sana, por lo que prefería seguir arriesgando algo incierto que iniciar un camino de quejas y demandas que lo único que hace es alejar de tu lado a quienes podrían querer estar algún ratillo contigo. Pero lo cierto es que debe de ser muy pero que muy difícil que el «objeto a» siga operativo a partir de un cierto momento.

Pero incluso las personas como nuestra anciana amiga, hay un momento en el que se dan cuenta que tienen que rendirse ante algo que es una ley universal, que no está sujeto a opiniones, que toca a los ricos como a los pobres. Y ese tiempo de la dependencia antes de que llegue el final, es una gaita, una grandísima gaita que no todo el mundo está preparado para soportar. ¿No será mejor para entonces vivir en comunidad, una comunidad que se haya ido cocinando en su propia salsa durante unos años antes de todo esto, donde se hayan ido creando lazos de afecto y solidaridad, sin esperar depender de la familia? ¿No hará a las personas que han construido esa comunidad sentirse orgullosas de haber podido dar esa orientación a sus vidas que les ha servido a ellos, a sus amigos, pero también a los que irán entrando a formar parte de esa comunidad cuando ellos desaparezcan?

Para terminar con humor, he aquí el resultado de las cavilaciones del humorista (y no por ello menos filósofo) Quino: alguien que supo metabolizar los dolores vitales a través de su escritura.

VIVIR DEBERÍA SER AL REVÉS

Se debería empezar muriendo y así ese drama quedaría superado.

Luego te despiertas en un hogar de ancianos, mejorando día a día.

Después te echan de la residencia porque estás bien y lo primero que haces es cobrar tu pensión.

Luego, en tu primer día de trabajo te dan un reloj de oro. Trabajas 40 años hasta que seas bastante joven como para disfrutar del retiro de la vida laboral.

Entonces, vas de fiesta en fiesta, bebes, practicas el sexo, no tienes problemas graves y te preparas para empezar a estudiar.

Luego empiezas el cole, jugando con tus amigos sin ningún tipo de obligación, hasta que seas bebé.

Los últimos nueve meses te los pasas flotando tranquilo, con calefacción central, servicio de habitaciones, etc.

Y al final… ¡abandonas este mundo en un orgasmo!

Anónima escocesa

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