Podría pensarse que para crear una institución basta con tener ilusión y los medios económicos necesarios pero, aunque ambas cosas sean necesarias, hay que poder pensar sobre ello en filigrana. Y eso pretendemos aquí.
De entrada, si la ilusión no se traduce en trabajo, el proyecto puede terminar siendo más propio de los mundos de Yupi y lo malo es que, como dijo una vez alguien: ‘el deseo suele aparecer bajo la forma de lo que uno no quiere’, se habla aquí del verdadero deseo, del que supone un avance en la vida, no de un momento de placer que, aunque agradable y necesario también, no modifica nada a nivel vital. Es decir que cuando tenemos un verdadero deseo, por ejemplo, seré bombero cuando sea mayor, está la ilusión, seguramente la capacidad también, pero dará mucha pereza ponerse a estudiar y a entrenar para las pruebas físicas, de ahí que uno, en general, no quiera… lo que desea.

Y es que, cuando queremos llevar adelante un deseo, en lo personal tenemos por delante tres inconvenientes:
- Hay que poner mucho esfuerzo y, como ya dijimos, eso da pereza y ganas de tirar la toalla.
- Los objetivos sólo se consiguen de forma aplazada; en llegar a algunos se tarda realmente mucho y eso sigue dando ganas de tirar la toalla.
- Es muy posible que haya que negociar en el camino y, como sabemos, en toda negociación además de un beneficio siempre se produce una merma (si no, no sería negociación), de modo que lo logrado después de tanto sacrificio siempre estará algo mellado. Eso da más ganas aun de tirar la toalla y abandonar lo que se desea y esto siempre, siempre, termina produciendo culpabilidad y deprimiendo.
Claro está que hay alternativas a esto de llevar adelante un deseo: sin esfuerzo, sin esperar tanto y sin la merma final. Una de ellas bastante frecuente es dejarse atrapar por el agujero negro del sofá delante de la tele. Nada que oponer si uno está dispuesto a pagar el precio.
Pues lo mismo ocurre si el objetivo es construir, crear un Cohousing o, como preferimos llamarlo, Vivienda Colaborativa que es una institución más —aunque en este caso autogestionada—, que pretende fabricar un lugar en el que pasar acompañado, alegre y activamente los últimos años que a uno le quedan. Si consideramos la vejez como el último desastre de la vida, los desastres, como dice Rebeca Solnit, acercan la utopía colectiva.
Nosotros llevamos unos años trabajando para llevar adelante nuestro deseo construyendo Ad Petrum y pretendemos poner después todo el empeño en sostenerlo. ¿Cómo lo hacemos?
Una Vivienda Colaborativa —como cualquier Institución que no quiere ser gobernada en vertical con un solo jefe o equipo que lleve las riendas de todo, sino en horizontal por consenso todo lo que se pueda y, en cualquier caso, democráticamente—, tiene que dividir el trabajo que es mucho, ha de repartírselo. Por ello, las Viviendas Colaborativas se dividen en Comisiones que son equipos de trabajo que se centran en los distintos aspectos necesarios al objetivo común: la obra, la economía, los servicios que se tendrán, la ayuda a la dependencia y a otros problemas, la admisión de nuevos miembros … y más. Hará falta también un grupo de gobierno que, sin mezclarse con cada Comisión, esté atento al buen funcionamiento del conjunto.
Las Comisiones están formadas por personas que, aun teniendo deseos personales distintos, al trabajar juntos van aproximándose poco a poco a mantener un estilo propio de la Comisión en aras de llevar adelante ese deseo común que es la construcción y el mantenimiento de las Viviendas Colaborativas.
Una Comisión tendrá que poder funcionar de manera autónoma y sin interferir en el trabajo de las demás Comisiones ya que, sin confianza en el trabajo de los demás, no es posible hacer un trabajo colaborativo.
A su vez, el grupo de gobierno tendrá que poder permitir que la autonomía de cada Comisión sea un hecho, de modo que haya una cierta horizontalidad no anárquica; esto último para evitar tanto el “laissez faire” que esteriliza y paraliza los avances, como las eventuales tentaciones autoritarias que, en su afán por avanzar y organizar, puedan llegar a bloquear el sentimiento de estar en un proyecto común, al anular el “estilo” que cada Comisión haya podido lograr en su autonomía y, con ello el deseo de cada miembro que es lo que forma el combustible para sacar el trabajo adelante.
En ello estamos y seguiremos…
María C. y Paz
