Fernando García Soria


Del falansterio de Fourier al Cohousing de Ad Petrum
La expresión “Socialismo utópico” fue acuñada por Federico Engels en su obra “Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico”
Los socialistas utópicos del siglo XIX fueron un grupo de pensadores de “lo social” que reflexionaron sobre la realidad de su época y que intentaron poner en marcha iniciativas sociales innovadoras y arriesgadas.
Sus modelos sociales rechazaban lo que después se denominó “lucha de clases”. Crearon sistemas de cooperación que se oponían al individualismo egoísta y llevaron a cabo prácticas sociales comunitarias, imaginativas y concretas, como alternativas al capitalismo emergente de su época.
Sus más importantes representantes fueron, en Francia: Saint Simon, uno de los padres de la sociología; Fourier, creador de los falansterios, edificaciones y espacios donde se conjugaban la producción, fundamentalmente agrícola para el autoconsumo de las familias, y la convivencia participativa, y Robert Owen en Inglaterra (cooperativista de la primera ola),
Hay al menos tres rasgos que hacen comparables las realizaciones del socialismo utópico y los proyectos de Cohousing, en nuestro caso, los Cohousings Senior.
Son la autogestión, la ayuda mutua y el intento de crear un modelo de sociedad, menos individualista y más cooperativo.
Cuando hablamos de Cohousing Senior, o mejor, de complejos de viviendas colaborativas para personas mayores, no podemos pensar en modelos en los que predomine el “sálvese quien pueda” o el “yo, a lo mío”.
Estamos refiriéndonos a una forma de convivencia y de vivir los últimos años de la vida conservando la dignidad, desde un sentido comunitario capaz de modular los intereses particulares. Normalmente, los argumentos para entrar en este modelo son: el fracaso de muchas residencias en la atención y cuidado de las personas mayores, o bien el miedo a la soledad y a quedarnos aislados, pero, fundamentalmente, compartir los valores propios del cooperativismo; el compromiso social de ayuda mutua y, en definitiva, la búsqueda a pequeña escala de un modelo social más justo, en el que envejecer con reciprocidad.
Este modelo convivencial supone, a menudo, un cambio radical y profundo en los planteamientos vitales de quienes nos acercamos a él, ya que, entre otras cosas, requiere:
- Una profunda creencia en los valores comunitarios propios del Cooperativismo: ayuda mutua, responsabilidad personal y económica, democracia, igualdad, formación, bien común…
- Igualdad real entre mujeres y hombres y en la representación en los órganos de gestión y dirección de los Cohousing.
- Compromiso colectivo en la autogestión, que implica conocimientos, formación teórica y capacidad práctica para el desarrollo de los proyectos.
- Un modelo convivencial transparente de colaboración sincera.
- Un compromiso social y democrático de ayuda mutua y prestación de cuidados hasta el final de la vida, utilizando metodologías de la Atención Integral Centrada en la Persona (AICP).
- Una coordinación continua con las instancias públicas para implicarlas en el desarrollo e implantación de estos proyectos
En los países europeos, pioneros en la introducción del modelo, como Dinamarca y Holanda (entre otros), se pudieron constituir sistemas, básicamente, convivenciales porque muy a menudo, utilizaban edificios ya construidos (a un alquiler tasado) o se edificaban en suelos de cesión pública y, además, las personas que los integraban disponían de unos excelentes servicios sociosanitarios, prestados desde los organismos públicos municipales de proximidad. En resumen, las personas socias se ocupaban como actividad principal, de convivir y cooperar de la forma más amistosa posible.
Sin embargo, en países como España, sin políticas municipales que promuevan la cesión de suelo o la remodelación de edificios; sin un régimen fiscal adecuado; sin coordinación entre los servicios sociales y sanitarios y con insuficientes recursos públicos, el modelo de Cohousing Senior para que pueda funcionar, precisa que las personas mayores que lo integran tengan que hacer, habitualmente, un esfuerzo titánico para buscar y comprar terreno; construir el complejo residencial; organizarse; aprender a convivir de forma comunitaria; suplir las deficiencias de las administraciones; contratar los servicios necesarios y atender las situaciones de deterioro y dependencia que van produciéndose, conforme envejecemos.
En definitiva, si queremos construir un Cohousing Senior en España, estos equipamientos tienen que tener no solo una dimensión convivencial sino también asistencial y profundamente comunitaria.
Y en este punto, nos podemos hacer tres preguntas:
¿Estamos dispuestos a realizar este esfuerzo colectivo y dedicarle una buena parte de nuestra actividad diaria, actual y futura?
¿Deseamos trabajar solidariamente en estos proyectos, dejando al margen nuestros egos personales, con un compromiso ético, de ayuda mutua y generosidad?
¿Deseamos establecer un modelo de convivencia afectuosa, colaborativa e inclusiva, al margen de protagonismos personales, discriminaciones de género o aquellas que puedan derivarse de los diferentes estados individuales de salud, deterioro o dependencia?
Si contestamos que “sí” a las tres preguntas, creo que podremos afrontar el proyecto, aunque incluya una importante dosis de incertidumbre, teniendo en cuenta las muchas dificultades que deberemos superar.
Si contestamos que no a alguna de ellas, aunque logremos finalizar el proyecto de construcción, se tratará solo de un éxito material, pero la convivencia real, probablemente, dejará fuera aspectos imprescindibles para satisfacer necesidades básicas de salud y emocionales de bienestar.
Si contestamos “no” a las tres preguntas, acabaremos, en el mejor de los casos, en convertirnos en una comunidad de personas cesionarias de uso, muy parecida a las comunidades de vecinos que todos conocemos.









