LA CORDADA

Cuando ya has querido con el alma y has conocido el dolor de perder, volver a querer puede dar miedo. Pero quizá, al proteger el corazón del dolor, también le cerremos el paso a lo que todavía puede hacerlo latir.

Hay palabras que llegan a nuestra vida justo cuando estamos preparados para comprenderlas. Para mí, una de ellas ha sido cordada.

Cuando llegué a este proyecto, mi mayor miedo no era envejecer. Era volver a querer. Porque cuando ya has querido con el alma, sabes que el afecto a veces duele. Da miedo sufrir por la pérdida, pero también da miedo esa otra pérdida silenciosa: la de la propia libertad.

Quienes hemos cuidado por amor sabemos lo que es postergar la propia vida, quedar atados a la entrega y al desgaste, y perder nuestro propio horizonte por sostener el de la persona querida. Y a veces, al asomarnos a un nuevo afecto, surge el temor de que la historia se repita, de volver a perder ese espacio propio que tanto costó reconstruir.

Sin embargo, siento que algo ha cambiado dentro de mí.

La cordada no impide que haya piedras en el camino, ni evita las tormentas, ni detiene el paso del tiempo. Lo que hace es mucho más importante: cuando uno tropieza, los demás sostienen la cuerda.

Pero la sostiene el grupo, la comunidad, no una sola persona en la intimidad de su desgaste.

En la cordada, la cuerda va destensada; no es una cadena que amarra o aprisiona. Es un hilo invisible de seguridad que acompaña mientras cada uno conserva su paso firme, su propio camino y su total libertad.

Eso es lo que veo hoy en AD PETRUM.

No estamos construyendo solo un edificio. Estamos tejiendo una red invisible de afectos, de cuidados compartidos y de presencia. Una cuerda que, con el tiempo, irá uniendo nuestras vidas hasta que cada uno llegue a su propia cima.

Algún día despediremos a quienes queremos. Será inevitable. Habrá lágrimas y habrá silencio. Pero ya no imagino ese silencio en una casa vacía, ni el peso de un cuidado en absoluta soledad.

Ahora sé que, detrás de cada ausencia, habrá una mano que buscar, un abrazo que recibir y una puerta cercana donde entrar sin necesidad de llamar.

Quizá esa sea la mayor conquista de este sueño compartido: descubrir que el final del camino no da tanto miedo cuando el cuidado y el afecto se recorren en cordada.

Porque la vida siempre será más hermosa cuando alguien camina a nuestro lado… y más llevadera cuando, al flaquear las fuerzas, sentimos que la cuerda sigue firme, respetuosa con nuestra independencia, y que nadie nos dejará caer.

Pilar Rebé, agosto 2026