Procuro aprender siempre de los perros. De hecho, creo haber avanzado mucho más en mi camino gracias a su compañía.

Mi perra sale a la calle como si fuera un gran acontecimiento. Cada día compruebo que para ella lo es. Cada paseo tiene algo que merece ser descubierto: nuevos olores, nuevos rastros, perros y personas a los que saludar. Nada parece estar del todo visto.
Yo intento mirar el mundo un poco así, sin dar las cosas por hechas. Salir a ver qué trae el día, dejarme sorprender, prestar atención a lo que aparece por el camino. Porque quizá hoy huela diferente, aunque sea el mismo árbol.
Cuando entré a formar parte de Ad Petrum, esa mirada resultó ser imprescindible. De repente, cada día empezó a ser distinto, sorprendente, descolocante y lleno de preguntas. Muchas de ellas dirigidas a mí misma:
¿Estará bien preguntar esto?
¿Será mejor esperar para lo otro?
¿Será adecuado opinar ahora?
¿En qué comisión me meto?
¿Y si me meto en dos?
Pero también me gusta esta tercera…
Esta persona, ¿qué habrá pensado de mí?
¿Les estaré cayendo bien?
¿Me estaré pasando?
Igual me tenía que haber callado…
Así, mi cabeza empezó su recorrido, intentando averiguar en qué terreno pisaba y a qué cosas debía dirigir más mi atención.
Hasta que algo me dijo que me estaba complicando demasiado.
Los perros muestran un saber hacer más sencillo.
No se preguntan si han elegido el momento adecuado para acercarse. No calculan si caerán bien. No ensayan una opinión antes de expresarla. No se quedan después repasando mentalmente la conversación para descubrir en qué momento exacto deberían haberse callado.
Van.
Miran.
Se acercan.
Se alejan.
A veces se equivocan.
Y siguen.
Y así tuve mi respuesta: haz como los perros, póntelo fácil.
Quizá también se trate de eso al llegar a un cohousing: de entrar con curiosidad, preguntar cuando no sabes, opinar cuando tienes algo que decir, descubrir que a veces aciertas y otras no, dejarte sorprender por los demás y aceptar que no siempre vas a saber qué piensa de ti la persona que tienes delante.
Y, sobre todo, aprender a caminar sin tener todo el camino pensado.
Como los perros.
Que salen de casa cada mañana sin saber exactamente qué van a encontrar.
Y, por alguna razón, parecen confiar en que merecerá la pena averiguarlo.
Yolanda Ríos
Agosto 2026
