Cuando la vida te alcanza

Nunca creí que llegaría a vivir una pandemia, un apagón general, un cambio climático capaz de traernos episodios de lluvia y calor extremos como si estuviéramos en el trópico, un clima político irrespirable y una amenaza constante de guerras absurdas en manos de tres psicópatas empeñados en repartirse el mundo como premio a sus delirios.

Nunca pensé que tendría que ser padre y madre, abuela y abuelo; que viviría en tres continentes distintos y perdería muy pronto el arraigo. Nunca imaginé que, al hacerme mayor, cuando se suponía que por fin podría descansar un poco, la vida me alcanzaría obligándome a ser soporte y testigo directo de cómo mi madre va perdiendo sus recuerdos, sus capacidades cognitivas y las ganas de vivir, mientras se rinde sin condiciones a la amargura más honda y a la depresión.

Nunca me prepararon para esto. Recibí una educación tradicional, orientada a convertirme en una buena madre y esposa. Aún recuerdo las clases de economía doméstica y de formación del espíritu nacional en el colegio de monjas y en el instituto. Sí, me tocó vivir todo eso, y todavía me estremece un dolor punzante en el mismo punto de la espalda donde un gris a caballo me golpeó con una porra larguísima mientras yo corría despavorida, huyendo de una carga brutal en el paraninfo de la Complutense.

Ahora que el tiempo ha cerrado muchas de mis heridas y me ha abierto la mente; ahora que mis hijos viven sus vidas sin grandes sobresaltos; ahora que el estado del bienestar de este país procura que no me falte nada que atente contra mi dignidad, con una pensión casi generosa, ahora mi madre parece necesitar fagocitar toda mi energía para que no me duerma en los laureles, como solía decirme cuando sacaba notas no tan buenas como debería.

Mi madre llama continuamente a la muerte, pero siente un miedo atroz a que su vida termine. Se niega a reconocer su dependencia, su fragilidad y esos 96 años que le pesan como losas de granito sobre el cuerpo maltrecho. Para ella, a veces soy su madre; otras, su hermana mayor; otras, una tía que debió de ser de armas tomar y a la que nunca conocí. Y otras, cuando más me ataca, soy una carcelera, la directora cruel de un internado o, sencillamente, una mala hija que no le da lo que necesita. Aunque lo peor de todo es que no sabe qué es lo que necesita.

Antes de que mi madre entrara en un estado de dependencia tan alto, mi instinto me había llevado a integrarme en un proyecto de cohousing que parecía más una quimera que algo real: otro sueño de mi fantasía que nadie creía posible materializar. Mi entorno ironizaba, intercambiaba risitas y miradas incrédulas cuando yo me empeñaba en contarles las bondades de pasar la vejez con un grupo de amigos demócratas y solidarios, en un ambiente activo, seguro y sano, participando en su gestión y rodeados de actividades que, cuando menos, retrasarán el envejecimiento. Con la seguridad, además, de que nos cuidaremos unos a otros y de que nunca sufriremos la soledad no deseada ni el aislamiento.

Además, mis hijos no tendrán que hipotecar su madurez para cuidarme si me da por ser tan longeva como mi abuela o como mi madre, ni tendrán que vender mi casa para pagarme una residencia o varios cuidadores. Tampoco tendrán que soportar mis reproches si algún día la vida me pesa como le pesa a ella. Como digo, no tendrán que vender mi casa porque ya la he vendido yo para poder pagar el cohousing. Al ser un proyecto pionero, hay muy pocos funcionando en España y no recibimos ayudas de ningún tipo de las administraciones, ni locales ni estatales, ojalá pronto consigamos cambiar esto.

Ad Petrum reunida en Casa de Carmen, antes de que la vendiera como cuenta en este escrito.

Mi proyecto de cohousing se llama Ad Petrum. Y a medida que mi madre se iba hundiendo en una profunda depresión y oscuridad, Ad Petrum ha ido sorteando, uno a uno, todos los escollos que un proyecto de esta envergadura debe atravesar: unos desde dentro y otros desde fuera. Pero hemos llegado al momento decisivo: presentar un maravilloso proyecto básico de arquitectura y solicitar la licencia de obras en el Ayuntamiento de Guadarrama.

Ayer encontré a mi madre más taciturna de lo habitual. Cuando entra en ese estado, una especie de bucle que crece hasta llevarla a llorar y gritar pidiendo ayuda porque, dice, la queremos matar, las fotos y los vídeos de mi nietita, de casi dos años, suelen arrancarle una sonrisa. Durante unos instantes recupera algo de cordura y lucidez. Entonces suele preguntarme cómo va lo de «la residencia esa que me estoy montando». No recuerda ni la palabra cohousing ni la palabra cooperativa; solo sabe, muy bien, que yo me estoy preparando una vejez distinta a la suya.

—Y dime, hija, ¿y cuando tú te mueras? —sus ojillos parecen recobrar un poco de luz y la curiosidad vuelve a sacudirla—. ¿Quién se va a quedar con todo el dinero que te estás gastando en eso?

—Mis hijos lo recuperarán, mamá —sonrío. Me encanta cuando sale un rato de su oscuro letargo—. De alguna manera estoy ahorrando para ellos. Voy a intentar que no tengan que cambiar sus vidas para cuidarme y, además, recibirán una buena herencia cuando yo no esté.

Le enseño en el móvil las fotos del proyecto de arquitectura que acabamos de presentar. Apenas ve, pero agrando la imagen hasta que logra enfocarla, igual que hago con las fotos de mi nieta. Solo mi nieta y el cohousing consiguen despertar en ella algún interés.

Su cara se ilumina: le gusta mi quimera. Está llena de luz y de color.

—¿Me llevarás contigo cuando te vayas a ese sitio tan bonito?

Carmen Cordero Amores

Julio de 2026

Deja un comentario